lunes, 25 de febrero de 2013

La llamada



Papi, buenos días —se hizo un silencio, y solo podía escucharse la estática de la línea telefónica.
 ¿Quién habla?
Soy yo, tu hija pa… —fui interrumpida antes de terminar la frase.
Disculpe pero yo no sé quién sea usted, yo no tengo ninguna hija.
Pero pa… —respondí con una lágrima sobre la mejilla, pero nuevamente fui interrumpida.
— Señora disculpe pero ¡yo no la conozco! Fueron sus últimas palabras y fuertemente colgó.
En ese instante recordé mi vida de soltera, cuando aún vivía con mis padres, cuando era la “princesa de la casa” y cuando todas mis amistades me conocían como, Keto. Recuerdo que solía ser una persona muy amistosa y sociable, y raramente las personas me conocían por mi nombre, Laura, y quienes lo sabían nunca me decían así.

¿Mi rutina diaria? La misma día a día. Mi reloj despertador sonaba a las 5 de la mañana y yo me levantaba, me bañaba, bajaba a desayunar y salía de mi casa a tomar el autobús; al llegar a la escuela, entraba y me dirigía al salón. Dentro encontraba a mis compañeros de clase, a los cuales saludaba amistosamente con un beso en la mejilla.

De repente un sonido agudo me distrajo: era un llanto. Vi hacia el reloj que se encontraba en la sala. Las nueve y media 
dije en voz alta y me di cuenta que era hora, de la comida de mi pequeña hija. Me dirigí hacia la cocina a calentar su biberón, lo tomé y lo metí en el horno de microondas. Y en esta ocasión nuevamente empecé a recordar, pero esta vez fue la ocasión en que conocí a mi esposo, Gustavo.

Aún recuerdo bien aquel día: había en la escuela una celebración por las fiestas patrias, y sinceramente yo estaba superaburrida. Iba bajando las escaleras y un ¡hola! me hizo girar. Un chico de un metro setenta centímetros aproximadamente, moreno, labios delgados, ojos rasgados y pelo chino, me había saludado, pero no le hice caso y continúe bajando.

Una vez en la fiesta una compañera me dijo que la seguirían en su casa. Me pregunto que si quería ir, y respondí que sí. Al dirigirnos hacia la salida me llevé una sorpresa; ¿era el mismo chico de las escaleras? Sí lo era. El llanto de mi hija nuevamente me hizo volver a la realidad, tomé el biberón, y me dirigí a darle de comer aunque en mi mente seguía pensando en aquel día.

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